Los defensores y las defensoras que vendrán

Por Juan Pablo Albán Alencastro

A mi querido amigo y colega Nelson Camilo Sánchez debo el privilegio de haber leído El olvido que seremos, un conmovedor relato de Héctor Abad Faciolince sobre una vida dedicada a la defensa de los derechos humanos, la de su padre, Héctor Abad Gómez, asesinado en 1987 por su trabajo comprometido a favor de los marginados, uno entre miles de defensores silenciados de diversas formas a través de la historia mientras luchaban por construir un mundo menos inequitativo.  Camilo me obsequió el libro durante la preparación del litigio ante la Corte Interamericana del caso Jesús María Valle Jaramillo v. Colombia, relacionado con el asesinato en 1998 de otro defensor de derechos humanos, heredero de la lucha de Abad Gómez y otros valientes antioqueños.  Desde entonces mi percepción sobre el trabajo de los defensores de derechos humanos, el mío incluido, se ha transformado.

Es un libro que atesoro y ya he leído tres veces, un libro que he recomendado, he obsequiado o he querido obsequiar a amigos y amigas que comparten las mismas utopías en las que creo, porque a pesar de la tristeza que sus páginas proyectan, es un testimonio inspirador sobre por qué debemos seguir haciendo este trabajo.

Lo único que todavía no me convence es el título.  Un fragmento de un hermoso poema de Borges que con crudeza nos hace caer en cuenta sobre lo efímero de nuestro paso por el mundo y que eventualmente, por valiosas o trascendentes que hayan sido nuestras luchas, caeremos en el olvido.  Yo todavía me pregunto si los caídos en la batalla por los derechos humanos serán olvidados, prefiero asumir que aquello depende de quienes trabajamos en este ámbito, específicamente de la capacidad que tengamos de formar nuevas generaciones de defensores.

Camilo, e incontables y entrañables amigos defensores y defensoras a quienes en estos 16 años he tenido la fortuna de conocer, al igual que yo mismo, en algún momento de nuestras vidas estudiantiles tuvimos la suerte de encontrarnos con los derechos humanos, en la forma de casos hipotéticos diseñados con la intención de despertar nuestra curiosidad a un ámbito jurídico que todavía hoy es de tratamiento marginal en muchas Facultades de Derecho, y hasta objeto de burlas por insignes maestros de materias “importantes” como el Derecho Civil.

Creo firmemente que las competencias académicas de argumentación en derechos humanos son experiencias que cambian vidas, porque con independencia de los resultados que obtengamos nos dejan un importante legado humano –volviendo al académico secundario–:  Amistades duraderas, contactos profesionales para el futuro, conocimientos importantes sobre cómo proteger los componentes más esenciales de nuestra dignidad de seres humanos, y sobre todo una profunda confianza en nuestra capacidad de transformar la injusta realidad en algo mejor.

Así empezó mi recorrido por los derechos humanos hace 16 años, en un concurso en Washington.  Para la época ya había decidido dedicarme al litigio penal y no tenía ni la más peregrina idea sobre derechos humanos, de hecho mis conocimientos sobre derecho internacional eran casi nulos gracias a la deficiente enseñanza de la materia de la que fue víctima mi generación.  Un amigo, hoy dedicado a la propiedad intelectual –lo que demuestra que no a todos estas experiencias nos impactan de la misma forma–, tuvo la gentileza de inscribirme en la eliminatoria interna que se llevó a cabo en mi Universidad, sin decírmelo.  Generosamente quiso compartir conmigo la experiencia que él vivió al representar a nuestra Universidad en la misma competencia el año previo.  Para no dejar mal a mí amigo, y según sigue afirmando después de tantos años un querido Maestro de quien ahora tengo el honor de ser colega Profesor en la USFQ, con el aliciente de un posible viaje, me convertí en autodidacta de los derechos humanos, alcancé el honor de representar a mi Universidad internacionalmente y descubrí que el Derecho como profesión puede ser mucho más satisfactorio y enriquecedor cuando en lugar de honorarios exorbitantes recibes la sonrisa o el abrazo sincero de una víctima.

He regresado muchas veces a esa competencia, en diversas calidades, todavía me siento en deuda con ella por ayudarme a ser no sólo el profesional sino el ser humano que hoy en día soy.  También he tenido la oportunidad de vincularme a otras competencias similares, y de ver como luego de pasar por ellas mis estudiantes se convierten más allá de colegas Abogados, en valientes y convencidos defensores y defensoras de derechos humanos.

Cada vez que tengo la suerte de involucrarme en alguno de estos concursos me convenzo más de la importancia del estímulo académico al momento de reclutar a centenares, miles de jóvenes, para qué cada día haya más defensores y ojalá menos injusticias.

Con satisfacción observo cómo hay más pupitres llenos en mis cursos de derechos humanos.  La mayoría de los que asisten ya pasaron por alguna eliminatoria interna para concursos de derechos humanos, o representaron de manera destacada a la Universidad que me ha abierto sus puertas para formar a esos defensores y defensoras que vendrán.  Casi todos se caracterizan por tener una gran avidez de saber más y el anhelo de estar mejor preparados para el siguiente concurso.  Algunos todavía no se dan cuenta pero su vida ya ha empezado a transformarse e irremediablemente se dirigen a un rumbo desafiante pero sin duda lleno de satisfacciones.

Este fenómeno es reciente. Para generaciones como la mía las opciones de acceder a una formación derechos humanos eran excepcionales.  Como explica Salvioli,

La ausencia o el poco impacto de los derechos humanos en las carreras universitarias, limitada exclusivamente a espacios reducidos dentro de ciertas ciencias generó una clase profesional provista en general (siempre hay excepciones) de altas dosis de individualismo, acrítica políticamente, falta de solidaridad, insensible a los padecimientos y carencias de quienes menos tienen en la sociedad, resignada ante la exclusión, partidaria de mecanismos de seguridad sin importar si los medios para lograrla responden al respeto de los derechos indispensables, autoritaria, profundamente aislada y sin ganas de comprender que sucede más allá del microcosmos que se ha construido enredador del escudo profesional desde el cual ejercen su trabajo cotidiano (SALVIOLI, Fabián. Educación en Derechos Humanos: Políticas públicas para democracias sustanciales. IIDH. San José. 2006).

Qué bueno que esa realidad haya cambiado, porque en sociedades como la nuestra, marcadas por profundas inequidades, con democracias frágiles y líderes envanecidos con el poder que ostentan al punto de atropellarlo todo y a todos, es esencial seguir promoviendo el interés en los derechos humanos, y el compromiso, lo más temprano posible, con la defensa de la libertad.

El fortalecimiento y la consolidación de la democracia requieren ciudadanos verdaderamente dispuestos a ejercer sus derechos humanos y defender los de los demás.  En todas las sociedades la educación ha sido percibida como una forma de motivar cambios sociales y un factor decisivo en el progreso de las naciones.  Sólo conseguiremos aquel compromiso ciudadano en la medida que explotemos las herramientas que ofrece la educación para divulgar la buena nueva de los derechos humanos.  Hasta ahora, parece que vamos teniendo éxito, a pesar de los esfuerzos de quienes nos gobiernan por subestimar la tarea de los defensores y desacreditar esta opción profesional para desanimar a los que vendrán.

Estos propósitos no pueden alcanzarse cuando la formación en estos temas se limita al plano meramente teórico.  Son indispensables los ejercicios de simulación argumental a partir de problemas hipotéticos, pues preparan a las nuevas generaciones de defensores a enfrentar la realidad procesal y sustantiva del derecho constitucional e internacional de los derechos humanos.  De ahí la trascendencia de que cada vez haya más “moot courts”.

La semana pasada estuve de nuevo en Washington, asesorando al equipo que representó a la USFQ en el XIX Concurso Interamericano de Derechos Humanos, a quienes desde ahora auguro brillantes carreras en la defensa de los derechos de nuestros semejantes.  Una vez más tuve asiento en primera fila para presenciar el nacimiento de la nueva generación de defensores y defensoras, y de algún modo he empezado a pensar que el presagio de Borges de que eventualmente caeremos en el olvido no se cumplirá.

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2 pensamientos en “Los defensores y las defensoras que vendrán

  1. Tengo mucho que decir en este post. Yo fui una de esas amigas a quien vos le regalaste el libro, no lo tengo conmigo acá pero recuerdo lo que pusiste en el con motivo de mi cumpleanios en la primera página del mismo. A mi al igual que a vos el moot court me cambió la vida, y yo tampoco lo busqué, a mi me dijeron queres ir a DC? y yo que siempre he querido viajar por el mundo dije si, sin saber a lo que me estaba metiendo, veme acá 11 anios después en Vietnam. No puedo dejar de decir que yo fui una de esas jovencitas que litigo a favor de un Estado llamado Liberté, donde un ninio se cuela en una manifestación, le “vulneran” el derecho a amparo, unos sindicalistas locos andaban haciendo huelga… en fin, nada muy alejando de nuestras realidades, seguro vos lo recordas tanto como yo. Gracias por escribir esto me sacaste una sonrisota llena de nostalgia

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